viernes, 18 de octubre de 2013

No creo en José Manuel Navia

Ayer por la noche asistí con íntimo alborozo a la presentación del libro Nóstos, del fotógrafo José Manuel Navia. Tuvo lugar en La Fábrica, C/ Alameda 9, en Madrid.
La presentación corrió a cargo de Julio Llamazares y consistió más bien, a primera vista, en un diálogo con el autor, aunque poco a poco se fue convirtiendo en doble monólogo. 

Cada uno vino a hablar de “su libro”, lo que, en el caso de Navia, tiene lógica, pero no en el de Llamazares, que me pareció desafortunado. Por lo demás, estaba convencido de que en algún momento entrarían a empujones unos camilleros y se los llevarían a los dos, porque se estuvieron halagando mutuamente de una manera tan salvaje que temí no sólo por su integridad mental sino incluso por la física, pues pensaba que se empezarían a derretir en cualquier momento.

No resultó interesante, al menos si por interés entendemos aquello que se sale un poco de los lugares comunes. Aparte del empalagoso “y tú más”, hablaron de eso que se ha venido a llamar “la mirada”, “la luz”, “la emoción”, “el estilo”…, pero lo hicieron de una manera tan superficial que parecían dos niños empollones recitando la teoría de la relatividad de Einstein, la cual, por supuesto, no entendían.

Nada más llegar tuve oportunidad de echarle un primer vistazo al libro y he de confesar que me decepcionó. Me pareció plano, cómodo hasta la pereza, conformista y falto de ilusión. A ciertas edades, uno ya puede estar de vuelta de todo y lo ha demostrado todo, pero Nóstos, en sí mismo, apenas demuestra nada. Si fuera la obra de un principiante, tal vez acabaría en el contenedor de la basura del editor de medio pelo que le dedicara 5 minutos. Hay más osadía, más esfuerzo, más imaginación y más vida en cualquier página de un catálogo de juguetes de El Corte Inglés que en el 95% de las páginas de este libro.

Ese 5% restante son, para mí, la idea de las fotos guardadas como un tesoro en la lata de membrillo, la foto de un hombre con una vieja radio y la mirada perdida fuera del encuadre, la de una refugiada con sus dos hijos pequeños sobre un fondo devastado y la de la pared de una vieja escuela en la que, junto a los desconchados y un encerado de hule que se despega por las esquinas, languidece deshilachada una bandera de España de la época de Tutankhamón.

Una foto basta para salvar al Navia fotógrafo, pero entonces uno se pregunta si todo el resto del relleno servirá sólo para que un libro tenga no sé cuántas páginas, lo publique no sé qué Fábrica y se venda por no sé qué precio, ignoro cuál será la parte del pastel que ha pactado cada cual. Esto tiene un nombre y se llama fraude, tan fraudulento como el del premio Planeta, que con acierto criticó también Llamazares en el mismo acto.

El pretendido estilo Navia, que Llamazares elogió con encendido énfasis, me parece a mí la querencia de no usar flash ni para mirar el reloj en el cine (tal vez porque es un artilugio que pesa un poco y resulta una cruz llevarlo a cuestas) y la voluntad empedernida de que sus ocasionales lectores o espectadores se hagan con unas gafas 3D para poder examinar sus fotos sin el mareante y molesto efecto del desenfoque.

Por lo demás, se habló también de literatura y de su relación con la fotografía. En este sentido el libro está trufado de citas, muchas de ellas muy mal traídas y, pese a su innegable carga de profundidad, tan naturales como King Kong en New York.

Confieso que al enfrentarme a semejante metralla de pensamientos, tal vez recolectados a toda prisa en una biblioteca pública saltando de estante en estante con la urgencia de alcanzar un número (¿serán suficientes, por ejemplo, 150?, pensaría el citacultor), me acordé de una maravillosa foto de Javier Manzano titulada “Siege of Aleppo” (http://www.worldpressphoto.org/awards/2013/spot-news/javier-manzano?gallery=6096) que recientemente ha sido galardonada con el tercer premio Word Press Photo 2013 en la categoría Historias; en ella, unos soldados se aprestan a defender su posición acribillada por diferentes disparos, que han abierto nítidos agujeros por los que se cuelan haces centrífugos de luz blanca. Al terminar el recorrido por Nóstos, uno se planta dentro del cráneo de Navia, tal vez perforado por los balazos de tantas y tantas citas, y no obstante, vacío, sin nada original que contar.

Con todo, les incito a que no se fíen de mis palabras y se formen su propia opinión. No soy crítico de fotografía, sólo tengo un par de ojos en la cara. 

Si les gusta, compren el libro. Ayer lo hicieron unos cuantos, con dedicatoria incluida, de puño y letra del que se hace pasar por un autor que, en mi modesto juicio, no puede ser el mismo de “Viaje a la Historia. España en tres mil años “, editado por Lunwerg , S.L.

Asómense aquí para ver algo de Nóstos, si les place:   http://jmnavia.blogspot.com.es/2013/10/nostos-navia.html


miércoles, 16 de octubre de 2013

No creo que los jóvenes lo tengan fácil, pero tienen juventud

Puede sonar resignado, puede sonar a constatación, a nostalgia expresada por uno al que ya se le pasó el arroz, puede sonar a miting del partido en el poder para justificar su incompetencia, a consuelo de tontos, a siempre nos quedará París. 

Lo cierto es que lo creo de veras: si eres joven, no hay puertas ni barreras, no hay nada imposible, todo está cerca de tu mano, puedes lograrlo. Yes, you can. Aunque para ello tendrás que tener iniciativa y no resignarte nunca con la comida que te echen en el plato, con las noticias que escuches en televisión o leas en el periódico, con las reglas preestablecidas. Sé transgresor, pero no sólo con el pelo largo, si es que te apetece ese look, sino sobre todo con tu mente, aliméntala bien, nunca te resignes, impúlsate, ve más allá, salta, vuela, que eres criatura de volar.

No es que los que no son jóvenes no puedan; en el fondo pienso que se trata de una cuestión de actitud. Está claro que si le dices a una montaña, sea el Peñón de Gibraltar o cualquier otra, que se cambie de sitio y se columpie unas millas más al sur, no se va a mover ni un centímetro, al menos esa es mi experiencia; pero si eres capaz de alinear tus talentos con el objetivo que te propongas ya tienes ganada la mitad de la conquista. 

Lo que falta es el correspondiente sacrificio, algo que también se ha de asumir, porque a menos que tu padre sea Presidente de una Diputación, monarca o cualquier otra aberración por el estilo, nada de lo cual te deseo, cuenta con que tendrás que sudar. Eso es duro pero bonito y sabe siempre mejor que lo te dan.

Luego vendrán las oportunidades, pero no por suerte sino porque ya estabas ahí, porque habías subido peldaños.

En definitiva, no te conformes con el 60% de paro juvenil que vociferan las estadísticas. No te apoltrones. No te des por satisfecho con echar el currículo. Piensa siempre que vivir es un arte y trata de modelar siempre la vida como la obra maestra primordial que se te ha encomendado al nacer.

¡A toda máquina!

martes, 15 de octubre de 2013

No creo en el destino, aunque me gane siempre la partida

Este blog no tiene un por qué. Surgió al hilo de un juego, como siempre ocurre, como una diversión. Sin venir mucho a cuento, un día recordé la canción de Lennon "I don't believe" y pensé que su lista era demasiado corta, había que ampliarla. 

Desde luego, material no falta. Querido amigo, querido político, querido delincuente, querido Presidente de la Galaxia, querido Don Nadie, querido bicho viviente o muerto..., si la has cagado y me entero es posible que te señale. No es que eso importe mucho, seguirás tan ufano, volverás a las andadas incluso con más energía, pero para mí serás un impresentable. 

Trataré de que no prevalezca mi capricho, intentaré ser ecuánime, no le daré publicidad gratis a mis demonios personales, porque esto pretende ser algo más abstracto que el relato de mi vida y de mi experiencia. 

Además, no sólo fallan las personas sino las ideas mismas y por eso quiero ponerlas en evidencia, no confiar en lo preestablecido y de apariencia razonable, porque tal vez me decepcione. 

No puedo ser exhaustivo ni vivir al compás del presente que marcan los medios de comunicación, porque tampoco creo en ellos. Conversaré con los que dejaron su pensamiento impreso en un libro y prestaré atención al decir de la gente, a la sugerencia perpetua que se eleva desde la calle, a la vida cotidiana, con sus padecimientos y alegrías, a los anhelos y a la nostalgia. Trataré de anular olvidos, de aupar a los discretos y de doblar a los prepotentes. Todo ello sin pautas marcadas, no quiero encorsetarme demasiado antes de empezar.

No me atengo a las leyes escritas, por valerme de Sócrates en Antígona, y puesto que me he atrevido a poner esto en marcha, prescindo de mi pudor y hasta de cierto recato. Sé que, en cierto modo, me expongo y lo asumo, para bien y para peor; si eso ha dejado de importarte, si te atreves incluso a señalar la paja en el ojo ajeno, puedes estar seguro de que la viga que tienes delante del tuyo es una secuoya de envergadura, pero al fin y al cabo cada uno cree en lo que quiere y yo sólo intento decir que creo en mucho más de lo que parece. Para empezar, creo en todo lo contrario de aquello en lo que no creo. Echen cuentas...

Empiezo con el destino y esa sensación de ya vivido, de que estaba escrito, de que iba a suceder, de que no se tuerce la premonición. No voy a explicarlo más, basta con la frase del título, breve y contundente.